carbon olores

¿Hay olores qué nunca olvidarás? Un pequeño relato de mi historia.

Ya casi se me está olvidando como olía el inmenso hospital en el que trabajaba mi padre. Inmenso era para mí, que era pequeña y todo me parecía gigante, pero en realidad lo llamaban el hospitalillo y supongo que sería que en realidad no era muy grande que digamos. ¿A ti, también te pasa que tienes olores que te trasladan a otros momentos de tu vida?

Aunque sus techos fuesen los más altos que había visto  nunca, sus puertas las más anchas que había visto nunca, el pasillo más largo y hasta las camas eran altas, tan altas que para sentarme casi tenía que escalar por ellas.

Había una sala con una bañera enorme que desde la perspectiva de una niña de unos 8 años, pensar que allí bañaban a los heridos o a los muertos en la mina, era algo bastante duro y terrible. Imaginaba que la piedra de marmol, elevada sobre un pilar, que estaba al lado también tendría esas función. Lo peor de todo era tener que imaginarme a mi padre bañando a un muerto y pensar que él tuviese que pasar por tremendo trance.

Creo que cuando me explicó aquello, no se contuvo en detalles o quizás yo pregunté demasiado, fruto del asombro, porque recuerdo que me explicó que como las personas muertas en la mina muchas veces eran por enterramientos, se les bañaba antes de ser entregados a la familia. Se les vestían con las ropas que estos habían proporcionado para que el ultimo recuerdo, el último adiós, fuese el mejor para la familia.

Bueno, no solo se bañaba a los muertos, cuando tenían una fractura por ejemplo también porque puede que ellos no se pudiesen bañar solos claro, pensaba yo.

¿Y cómo era el olor? Pues era un olor a alcohol. A alcohol de desinfectar, aunque de fondo habría algún olor más, pero el de alcohol era tan fuerte que los enmascaraba todos. Y curiosamente, me gustaba aquel olor, incluso a veces lo hecho de menos fruto de la nostalgia de aquellos días en los que asomarme a cada una de las salas de aquel hospital era descubrir algo nuevo.

La puerta de la entrada siempre estaba abierta. Bueno, a no ser de noche, que los mineros si necesitaban algo ya llamaban al timbre que había fuera. También recuerdo el timbre, así que en realidad igual había otros momentos en los que también se cerraba la puerta. Igual era los sábados de guardia cuando en algún momento se dormía la siesta, si la noche anterior había sido especialmente movida. Pues si, ahora que lo pienso, recuerdo llamar al timbre cuando íbamos a ver a mi padre alguna tarde.

Después de esa primera puerta de madera, había una de cristal biselado. Esa no tenía cerradura y simplemente tirabas de ella y abría con un chirrido muy característico, que al final también había sido acompañado de un «din-dón» para avisar de que alguien entraba porque el edificio era tan largo que a veces al fondo no se escuchaba entrar. Eso decían. A mí, no me lo parecía, porque siempre pegaba un golpe tremendo que me era imposible que no fuese suficiente. Y además, la voz de un minero no era precisamente de las que pasan desapercibidas en cuanto entraba por la puerta.

Pero no siempre eran desgracias, que a veces entraban hombres con una gran sonrisa. Y todos sabemos la «retranca» que tiene la gente de la cuenca minera. Que como sean simpáticos, ahí va un chiste o una broma nada más entrar por la puerta.

A mi todo me parecía a lo grande allí. ¿Cómo podrían dormir las noches de guardia? Hasta las noches tenían que hacerse interminables. ¡Que miedo! Esos techos, esas salas, esa altura, esos ruidos… Pero de repente sonaba el «turuyu», avisaba de que había un cambio de «relevu» y los heridos empezaban a llegar. Entonces a mí, me mandaban para atrás. Y que no asomara por la puerta. ¿Quizás por miedo a que soñase con ese hombre que llegó con un dedo machacado o la cara ensangrentada?… Quizás.

mineria

Nunca soñé con eso. Sin embargo ahora sueño a veces con el olor del hospitalillo, con sus chistes, sus aceitunas y su cocina blanca.

La cocina. Era tan blanca que deslumbraba. Seguro que la señora que limpiaba se aplicaba en tenerla así. Y bastante paciencia tenían esas mujeres porque entre «tanto paisano»… pensaba yo. Ellos siempre tenían un chiste pa ellas. Eran buenas mujeres. A mi siempre me sonreían y me daban un beso.

¿Cómo sería esa cocina en pleno apogeo de enfermos en el hospital? La cocina de carbón encendida y las «potas» con el cocido, el caldo. ¿Qué habría de menú? Si María siguiese viva le preguntaría muchas cosas. Era hermana de mi abuelo Jesús. Cuando mi padre era pequeño se asomaban a la ventana mientras cocinaban, porque ella siempre les daba una galleta recién hecha. Y de ella dependía que los mineros enfermos y heridos llenasen su estómago y recuperasen fuerzas. Ya sabemos que un buen caldo levanta hasta a los muertos. Eso se decía.

¿Cocinaría para mi abuelo cuando estuvo ingresado en el hospital entre la vida y la muerte? Fue un milagro. ¿Sería un milagro? Que fuerza para salir adelante… aunque el sufrimiento a veces se llevase por dentro, los golpes en la cabeza son muy malos, ya se sabe.

Y le preguntaría a María cómo hacía para cocinar para tanta gente, cómo calcularía las cantidades y cómo soportaba caminar desde su casa a diario y volver a comprar y volver al hospital y cocinar para tanta gente y recoger y limpiar y… Sin duda era una mujer fuerte, la vida la había hecho ser así cuando su marido marchó a la guerra y no volvió nunca más, dejándola con un niño muy pequeño sin criar.

Pero es que la cocina tenía una nevera y siempre había aceitunas del Tordo. Siempre es siempre, porque en las tardes de guardia, aburridas e interminables podía verse el fútbol, y la soledad se llevaba mejor con una Coca-Cola y unas aceitunas. Creo que esa era cosa de mi padre, porque en casa también era yo la que iba a cambiar el «casco» de la Coca-Cola al bar los días que veía el fútbol en casa.

Lo único negro que había allí era la caldera de carbón. El carbón sobraba y llenaba la caldera para intentar que estuviese caliente el hospital. Pero era difícil, con aquellas tremendas ventanas… Y negras también eran las radiografías, es verdad. ¿De quién sería aquel hueso machacado? Dios, eso tenía que doler y mucho. Y mientras; mi padre me explicaba: la tibia, la clavícula…

Aunque donde mejor se veía era al natural. Con un hueso humano en la mano lo veías todo claramente. Y allá me fui al colegio con una bolsa negra en la que llevaba un cráneo y un montón de huesos humanos. Mi profesor tuvo que alucinar. Pero es que era la mejor forma de estudiar el esqueleto humano, ¿o no? Aún me pregunto de quién serían. No los huesos, que sabía que eran de un compañero de mi padre, sino el muerto. Decían que era su abuelo. ¿Cómo iba a ser su abuelo? Imposible. Imposible.

De vez en cuando, mientras me llega el sueño antes de dormir, recuerdo todo esto. Que bonito es tener una infancia feliz y qué importante también. ¿Sería todo así o los mayores lo verían diferente?

Que pena que no puedas ver, ni oler, ni visitar este hospital del que te hablo. Un edificio muy antiguo, que en otros tiempos tuvo mucha vida y hoy en día lo han derruido. Triste noticia para todos.

Yo solo quiero que no se me olvide el olor y los recuerdos de ese lugar… ¿A ti te pasa? ¿Hay un olor que tengas grabado en tu memoria y que te evoque recuerdos de otros tiempos?

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4 comentarios

    • Saray

      Grcaias!! La verdad que tenía que ser muy duro. La mayoría de las veces, era gente conocida, amigos con los que se habían criado, habían jugado desde pequeños… Hay cada situación de tragedia en la mina que cuando las escuchas son tremendas. Gracias por leerme! 😉

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